Las Cartas Filosóficas de Voltaire

Voltaire. Cartas Filosóficas. Traducción de Fernando Savater

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Voltaire, 1694-1778

A los 31 años, en 1725, Voltaire salio de Francia para evitar una visita a la Bastilla y se instaló en Inglaterra. Allí encontró un ambiente intelectual muy distinto del francés, más libre y razonable, y se dedicó al estudio de todo lo inglés con gran intensidad. Sólo estuvo allí dos años, pero a juzgar por sus Cartas Filosóficas, eso le bastó para un examen muy preciso de la ciencia, la filosofía, la literatura, la política, la historia y la religión inglesas.

Las Cartas Filosóficas (Lettres philosophiques sur les Anglais) es un libro delicioso. Lo que lo hace tan deleitable es el estupendo estilo de Voltaire, inteligentísimo, sencillo, incisivo y valiente. Llama la atención lo razonable que es Voltaire en una epoca nada razonable (a pesar de haber sido llamada “la edad de la razón”). Las criticas que hace de la iglesia, el estado, y las ideas filosóficas imperantes en la Francia de su tiempo son las mismas que haría cualquier persona razonable hoy en dia. El libro deja una impresión de inteligencia y felicidad.

Las primeras cuatro cartas las dedica Voltaire a una exposición de las doctrinas y la historia de los cuáqueros, cristianos estrictos y pacifistas extremos. Los miembros de esta secta desafiaban toda autoridad (menos la de Dios, claro). Consideraban a todos los hombres iguales, no se quitaban el sombrero ante nadie, y hablaban de tú a todo el mundo, Reyes incluidos. Un cuáquero le dice a Voltaire:

“Nuestro Señor, que nos ha ordenado amar a nuestros enemigos y sufrir sin protestar, no quiere sin duda que crucemos el mar para ir a degollar a nuestros hermanos, porque asesinos vestidos de rojo, con un gorro de dos pies de alto, enrolan a los ciudadanos haciendo ruido con dos palitos sobre una piel de asno bien tensa…”

Otra carta que me ha sorprendido es la número XI, “Sobre la inserción de la viruela”, donde se cuenta cómo en Inglaterra las madres infectan de viruela a sus niños isertando, en una pequeña incisión que les hacen en el brazo, una pústula retirada de otro niño infectado. El niño entonces tiene la viruela, pero mucho más atenuada que si se contagia naturálmente. Habían notado que la viruela sólo se tiene una vez, de modo que de así evitaban que sus niños tuviesen la enfermedad en el futuro con toda su virulencia. Al parecer las madres circasianas tenian esta costumbre desde tiempo inmemorial. Lo que me asombra de todo esto es que el decubrimiento de la vacuna de suele atribuir a Edward Jenner, en 1796, y su generalización a Louis Pasteur, en 1870, pero Voltaire escribe en 1726 o 27, y al parecer la vacunación se practicaba desde hacia muchisimo tiempo.

A Voltaire le impresionan vivamente las doctrinas de Locke sobre el conocimiento humano, y las teorias científicas de Newton, y dedica varias cartas a exponerlas (a su modo, claro, bastante superficial pero divertidísimo). Le admira la aplicación metódica de la razón y el sentido común de Locke:

“Cuando tantos razonadores habían hecho la novela del alma, ha venido un sabio, que modestamente ha hecho su historia. Locke a esclarecido al hombre la razón humana, como un excelente anatomista explica los resortes del cuerpo humano”.

A Newton lo admira más que a ningún otro. Asistió a su entierro al poco de llegar a Londres, y lo impresionaron los honores rendidos a este modesto caballero inglés. Dedica varias cartas a exponer las teorías de Newton en varias disciplinas, de las que sabe bastante mas de lo que cabría esperar en un literato:

“Los descubrimientos del caballero Newton, que le han ganado una reputación tan universal, se refieren al sistema del mundo, a la luz, al infinito el geometría y, finalmente, a la cronología, en la que se ha entretenido para descansar.”

Las cartas restantes, dedicadas a la literatura inglesa de la época, sobre todo al teatro y a la poesía, son bastanta menos interesantes. La mayoría de los autores que menciona han sido completamente olvidados.

Al final del libro se añadieron con posterioridad algunas cartas dedicadas a un comentario crítico de varios “pensamientos” de Pascal, que no tienen nada que ver con Inglaterra, salvo que fueron escritas durante la estancia de Voltaire en ese país. Esta parte del libro es la que menos me apetecía leer, pensando que sería aburrida. Me sorprendió descubrir que, por el contrario, me interesó mucho, más que por los comentarios de Voltaire, por los pensamientos de Pascal. Voltaire aplica un sentido común inmisericorde a las efusiones místicas de Pascal, con un efecto demoledor, y a veces cómico. Sin embargo, en cuanto los pensamientos de Pascal alcanzan cierta sofisticación especulativa, Voltaire se vuelve bastante pedestre en sus respuestas. Cuando Pascal habla de conceptos lógicos o matemáticos, Voltaire se pierde sin remedio.

Lo que más me gustó fue descubrir la famosa esfera de Pascal, de la que tanto a escrito mi admirado Borges, y lo que es aun mejor, rodeada de referencias literarias misteriosas:

“Pensamiento LII: “Todo los que vemos del mundo no es mas que un rasgo imperceptible en el amplio seno de la naturaleza. Ninguna idea se aproxima a la extension de sus espacios. Por mucho que hinchemos nuestras percepciones, no damos a luz más que átomos en lugar de la realidad de las cosas. Es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna

Voltaire: Esta hermosa expresión es de Timeo de Locres; Pascal era digno de inventarla, pero hay que darle a cada cual lo suyo.”

He investigado quien es este Timeo de Locres, del que no había leido referencia alguna hasta ahora. El único Timeo que conozco es el personaje de Platón en el diálogo del mismo nombre. Al parecer Platon retrató a un filósofo de tal nombre del que no se sabe nada en absoluto, salvo que nació en Locris, en Italia. Diogenes Laercio cita mucho an un tal Timeo, refiriéndose siempre a una obra suya llamada Historias, aunque es probable que no se trate de la misma persona.

En una nota a pie de página, Fernando Savater, el traductor, menciona que la expresión el mundo es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna, se encuentra también en De Docta Ingnorantia, de Nicolás de Cusa (un libro asombroso que quisiera comentar aquí alguna vez). Es curioso que Borges, que cita varias apariciones de esta frase a lo largo de la historia de la literatura y la filosofía (La esfera de Pascal, el Otras Inquisiciones, 1952), no menciona a Nicolás de Cusa. Si cita el Corpus Hermeticum de Hermes Trismegisto, la última página de Pantagruel, la Cena de las cenizas, de Giordano Bruno, y a Pascal mismo.

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Primera edición

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5 Respuestas a “Las Cartas Filosóficas de Voltaire

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